
Las leyendas del lejano y asolador Oriente son proverbiales. Varios escritores e investigadores han tratado de encontrar el posible significado, la moraleja que cambie nuestra vida. Sin embargo en el barrio de Palermo, la casta conocida con el mote de hombres sensibles de la Calle Báez, dicen que los cuentos y relatos valen por su significado y no por su contenido moral. En materia de literatura el relato vale por si mismo. Dejemos por un momento las aplicaciones de la moral a los escritos sagrados.
El escritor Ignacio Sánchez, ha presentado un relato que bien podría ser gestado en las arenas ardientes del mundo árabe. Sin embargo no es así. Sentado en la mesa de la cocina, el autor escribía.
Me contaba mi entrañable amiga Mariana Victoria que en el partido de San Martín había una tienda dedicada a la venta de artículos para los requerimientos de los bailarines de las danzas árabes. Se dice que Amir Al Hayab exportaba tales artículos desde Marrakech otros de Arabia Saudita. La verdad es que nunca le pregunte.
El espantoso artista Aldebarán, le contó a su ya hastiada maestra y mi amiga que los artículos de la tienda Nefertiti, tal el nombre del local estaban hechizados, pero que el nunca supo porque ni que hacia en los que ejecutaban tales instrumentos.
Mariana siguió adquiriendo sus productos: Sables, bastones, wings, chinchines, derbakes, etc. El vendedor se los envolvìa y luego se los daba a sus alumnos.
Llegado el mes de Diciembre, la profesora Mariana Victoria seguìa adquiriendo elementos para la presentaciòn teatral que suele hacerse en esa época del año.
Quizás por el calor o la mala manipulación de las bolsas en el viaje hacia la academia un velo se rajo. Mariana maldijo su suerte y empezó a revisar todos y cada uno de esos productos.
Vio los demás velos. No tenían ningún daño pero la mujer quiso inspeccionarlos a fondo. Convencida de que no había ninguna rotura repartió a las jóvenes el elemento.
Las chicas empezaron a practicar la coreografía y la sorpresa fue mayúscula para la docente. Aquellas jóvenes movían los velos como si una odalisca con años de experiencia lo hiciera. Como si ella misma fuera la que estuviera ejecutando la coreografía.
Repartió el resto de los elementos: bastones para los varones, chinchines para las demás mujeres. En fin, Mariana tocaba todo articulo y parecía que tomaba vida. Tomó el velo roto y lo contemplo. Lo dejo en la mesa y cuando volvió a tomarlo la herida del elemento había cicatrizado.
Días después del rotundo éxito de la muestra anual Amir Al Hayeb le contaba a la profesora que sabia que los elementos que traía de Marruecos eran mágicos. Pero no se animaba a decirlo por temor a que lo tomaran por loco. Narró la leyenda en la cual se dice que si una gran artista de las danzas árabes manipula un objeto. Ese objeto se queda impregnado de su magia, de manera tal que toma vida propia y hace brillar al que baila con él. Cuantos más profesionales los toquen más mágicos serán. El efecto, por ejemplo sobre un bastón es permanente. Son muchos los que visitan a Amir Thaleb, Saida o Yamil Annun con el fin de que bendiga sus elementos de danzas.
El año que siguió llamo a varias colegas. Con el fin de que pudieran probar los artículos. Los hombres y mujeres se negaron. Mariana era lo suficientemente profesional como para juzgar si un candelabro o un sable eran útiles. Aun así todos tocaron al menos solo rozaron los artìculos dispuestos en la mesa. Cuando los alumnos de Mariana Victoria tomaron el objeto preparado para la danza todos brillaron de manera extraordinaria. Los profesionales que veìan a los alumnos de Mariana no daban crédito a sus ojos. Hasta Marie Matilda Asistone que no podía rendir los exámenes del segundo curso por falta de tiempo parecía que hubiere bailado durante meses.
Termina diciendo Ignacio:
Yo también quiero practicar esta maravillosa danza. Pero aun no consigo que mi profesora se ponga mi traje de saidi

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